Declaración del Día del Trabajo

Friday, Sep. 11, 2020
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By Catholic News Service

Por el Reverendísimo Paul S. Coakley, Arzobispo de Oklahoma City

Presidente del Comité de Justicia Nacional y Desarrollo Humano, Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos

“Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5) Reconstruir un mundo digno post-COVID19

Este Día del Trabajo es sombrío, la pandemia del COVID-19 continúa. Las circunstancias económicas para tantas familias son estresantes o incluso graves. La ansiedad es alta. Millones de personas están sin trabajo y se preguntan cómo cubrirán sus gastos. Y para los trabajadores considerados “esenciales” que continúan trabajando fuera del hogar, existe un mayor peligro de exposición al virus. Sin embargo, como muestra de solidaridad el Papa Francisco en una serie de hermosas y desafiantes reflexiones durante sus catequesis los miércoles de audiencia, las ha dedicado a hablar sobre la pandemia, “En esta tierra desolada, el Señor se empeña en regenerar la belleza y hacer renacer la esperanza: ‘Mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notan?’ (Is 43,18b).

Dios jamás abandona a su pueblo, está siempre junto a él, especialmente cuando el dolor se hace más presente”.

Como Dios le declara a Juan en Apocalipsis: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5). Dios conoce los desafíos que enfrentamos, la pérdida y el dolor que sentimos. Las preguntas para nosotros son estas: ¿Oraremos y participaremos voluntariamente en la obra de Dios sanando el dolor, la pérdida y la injusticia que esta pandemia ha causado y expuesto? ¿Ofreceremos todo lo que esté de nuestra parte al Señor para “hacer nuevas todas las cosas”?

Como muestran los informes públicos, el virus se ha propagado ampliamente entre los trabajadores esenciales, tales como los empacadores de carne, los trabajadores agrícolas, los proveedores de atención médica, los conserjes, los trabajadores de tránsito, los servicios de emergencia y otros. Como resultado, los trabajadores con salarios mínimos, los trabajadores migrantes y los trabajadores de color han tenido que soportar una parte desproporcionada del costo de la pandemia. Previo a esta pandemia, una cantidad significativa de estadounidenses estaba atrapada en trabajos de salarios mínimos, con inseguridad relacionada con la alimentación, la vivienda y la atención médica, y con pocas oportunidades de ahorrar o avanzar en su carrera. Esos mismos trabajadores se han visto particularmente afectados y, es devastador decirlo, muchos han pagado aun con sus vidas. Como dijo un trabajador del metro de Nueva York, “No somos esenciales. Somos expiatorios.”

Estas palabras, y la realidad detrás de ellas, deberían afligirnos. Como señaló el Papa Francisco al comienzo de su pontificado, “hoy tenemos que decir ‘no a una economía de la exclusión y la inequidad’. Esa economía mata”. Lo que estaba mal antes de la pandemia, ahora se ha acelerado. Lo que pudo haber estado oculto para algunos ahora ha sido revelado. En este contexto, el asesinato de George Floyd fue como encender un fósforo en una habitación llena de gas. El Papa Francisco escribe sobre la pandemia: “Todos somos frágiles, iguales y valiosos. Que lo que está pasando nos sacuda por dentro. Es tiempo de eliminar las desigualdades, de reparar la injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad”.

El Santo Padre está utilizando ahora las audiencias generales semanales (miércoles) como una ocasión para la catequesis sobre la enseñanza de la Iglesia sobre las desigualdades que se han visto agravadas por la pandemia.

La dignidad de la persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios, no está en el centro de nuestra sociedad como debería estar. En algunos lugares de trabajo, esto ha significado un énfasis en las ganancias por encima de la seguridad. Eso es injusto. El consumismo y el individualismo aumentan las presiones sobre los empleadores y los legisladores que conducen a estos resultados.

La buena noticia es que la injusticia no necesita tener la última palabra. El Señor vino a liberarnos del pecado, incluidos los pecados por los cuales disminuimos a los trabajadores y a nosotros mismos. “Este es el tiempo favorable del Señor, que nos pide no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo”. Comenzando con nuestras propias decisiones, podríamos preguntarnos cuando compramos productos en tiendas o en línea: ¿sabemos de dónde vienen? ¿Sabemos si las personas que las elaboraron fueron tratadas con dignidad y respeto? En el lugar de trabajo donde se realizaron, ¿tomaron las precauciones necesarias de seguridad durante la pandemia y los trabajadores recibieron un salario justo? Si no es así, ¿qué podemos hacer para remediarlo?

Nuestro gobierno también juega un papel indispensable. Los legisladores deben abordar las necesidades aún pendientes que tiene la gente en cuanto a la nutrición, la vivienda, la atención médica, los empleos y el apoyo económico, como yo y mis hermanos obispos hemos escrito repetidamente. La gente está sufriendo y algunas de las medidas de ayuda de la legislación anterior pronto ya no estarán vigentes. El Congreso y la Casa Blanca deberían llegar a un acuerdo que dé prioridad a la protección de los pobres y vulnerables.

Un signo de gran esperanza que brota de raíz es la Campaña Católica para el Desarrollo Humano (CCHD por sus siglas en inglés), que celebra su 50° Aniversario este año. Fundada para realizar más que solo satisfacer las necesidades de emergencia, la CCHD apoya los esfuerzos dirigidos por personas de bajos recursos para abordar la pobreza, crear buenos empleos y ser una fuerza de transformación en las familias y comunidades. A lo largo de su historia, la CCHD ha distribuido más de 8,000 subsidios que suman un total de más de 400 millones de dólares para ayudar a crear un cambio desde la base. El Papa Francisco ha hecho del trabajo de los movimientos populares que la CCHD apoya un tema clave en su pontificado. En abril, volvió a escribir a los líderes de estos grupos a la luz de la pandemia, señalando cuán extraordinariamente importantes son estos  movimientos en este preciso momento. Los sindicatos y las asociaciones de trabajadores también tienen un papel central que desempeñar.

En respuesta al COVID-19, las organizaciones comunitarias de la CCHD han ampliado rápidamente susesfuerzos para abordar los impactos devastadores. Por poner un ejemplo, los trabajadores de las plantas procesadoras de carne enfrentan condiciones de trabajo peligrosas ya que las empresas no brindan protecciones básicas contra el COVID-19 o no hacen las modificaciones suficientes en el lugar de trabajo para reducir el riesgo de exposición al virus. Rural Community Workers Alliance (La Alianza de Trabajadores de la Comunidad Rural) apoyada por la CCHD ha ayudado a los trabajadores a organizarse en las zonas rurales de Missouri, presionando a los empleadores para que tomen en serio estas preocupaciones y promoviendo la dignidad de los trabajadores.

Estos grupos, así como los sindicatos y otras asociaciones de trabajadores, hacen una contribución invaluable a la seguridad y el bienestar de los trabajadores.

Para proteger la dignidad del trabajo y los derechos de los trabajadores, todos estamos llamados a practicar

la solidaridad con los que se encuentran en peligro. Además, podemos ofrecer asistencia desde la caridad a todos aquellos que se hayan quedado sin empleo durante este tiempo mediante donaciones a los bancos de alimentos locales y las agencias de Catholic Charities (Caridades Católicas). Catholic Charities USA ayudó a 13 millones de personas el año pasado, y la demanda ha aumentado entre un 30% y un 50% hasta ahora durante la pandemia y se prevé que continúe aumentando. Los hospitales católicos también están sobrecargados, ya que los médicos, las enfermeras y el personal también han estado trabajando sin descanso y, en muchos casos, lo han hecho con una pérdida significativa de recursos.

Al Papa Francisco le gusta citar la constitución dogmática de 1964, Lumen Gentium, recordándonos que “nadie se salva solo”. Esto es cierto en esta vida y en la próxima. Los frutos del individualismo son evidentes

en las desigualdades que esta crisis ha puesto de manifiesto. A través de nuestro trabajo de solidaridad, seamos testigos en contra del individualismo. “Con todos, no pensemos sólo en nuestros intereses, en intereses particulares. Aprovechemos esta prueba como una oportunidad para preparar el mañana de todos, sin descartar a ninguno: de todos”. Oremos por la gracia de participar en las obras de Dios para sanar lo que está tan profundamente herido en nuestra sociedad. Dejemos que nuestra respuesta al Salmo en la Misa este Día del Trabajo resuene en hechos y en verdad: “Condúceme, Señor, por tu camino santo” (Sal 5, 9).

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